Con ocasión del III Congreso de la Asociación Europea de Educación del Carácter (ECVA), celebrado en Viena con el título What makes a life of flourishing? Character–Lifeskills–Competencies, tuvimos la oportunidad de reflexionar críticamente sobre el modelo educativo dominante en Europa: el enfoque competencial. En el caso de España, la LOMLOE está articulada en torno a este paradigma. Pero, ¿qué limitaciones presenta y cómo puede una perspectiva neoaristotélica de la virtud ayudar a superarlas? Nuestro trabajo no buscó rechazar el enfoque competencial, sino repensarlo desde una visión humanista para ofrecer claves orientativas a los docentes que deben aplicarlo.
Desde los años 2000, con la Estrategia de Lisboa y el impulso de la OCDE, el enfoque competencial se asoció al aprendizaje permanente y al desarrollo de habilidades para la sociedad del conocimiento. La Recomendación del Parlamento Europeo sobre Competencias Clave (2006, revisada en 2018) consolidó un catálogo de ocho competencias que han guiado las reformas curriculares en toda Europa. España ha seguido fielmente esta línea en sus leyes educativas (LOE, LOMCE y LOMLOE).
Sin embargo, este modelo genera varios interrogantes. Tiende a tecnificar la educación y a reducir el desarrollo humano a la adquisición de capacidades instrumentales. Aunque se habla de “aprendizaje integrado”, no siempre queda claro cómo se relacionan o jerarquizan las competencias. Además, muchos docentes expresan dificultades para aplicarlo de forma operativa: la evaluación se vuelve un proceso complejo y, a menudo, desconectado del verdadero crecimiento personal. Tras 25 años, no hay evidencias claras de que este modelo haya fortalecido el desarrollo integral del alumnado.
Ante esta situación, creemos necesario recuperar el espíritu del Informe Delors (1996), solicitado por la UNESCO, que propuso una educación basada en cuatro pilares: aprender a conocer, aprender a hacer, aprender a vivir juntos y aprender a ser. Lamentablemente, los dos últimos han quedado en segundo plano. Por ello, hoy más que nunca urge volver a una visión que ponga en el centro a la persona.
Pero este horizonte que presenta Delors, aunque inspirador, necesita una base filosófica que le dé estructura y coherencia. Por ello, proponemos una mirada
neoaristotélica a través de la obra Intelligent Virtue de Julia Annas, para entender las competencias no solo como desempeños, sino como virtudes prácticas: hábitos deliberativos que permiten vivir bien. De la propuesta de Annas extraemos tres aprendizajes clave:
Primero, la virtud pone el acento en quién es la persona. Si queremos que las competencias no pierdan la mirada en aquel que es educado, debemos entenderlas como expresiones del ser, no solo del hacer. No se trata únicamente de adquirir destrezas útiles, sino de formar personas capaces de actuar con juicio y responsabilidad. Por ello, animamos a los docentes a formar además de instruir y a renovar su mirada para descubrir “el tesoro interior” de cada alumno.
Segundo, el desarrollo de la virtud requiere práctica, una comprensión progresiva que posibilite la autonomía del estudiante y la aspiración para seguir creciendo y aprendiendo en contextos nuevos. Estas virtudes aprehendidas no actúan como compartimentos estancos, sino que están llamadas a la unidad a través de la prudencia (sabiduría práctica): es la virtud responsable de integrar las demás para actuar con sensatez, considerando las normas, el contexto, las emociones y los fines valiosos.
Creemos que estas ideas aportan claves para una enseñanza competencial más profunda. En lugar de abordar utópicamente todas las competencias, aconsejamos que cada docente se centre en 1 o 2. Esa profundidad dará oportunidad a que el docente ponga acento en la comprensión del estudiante, lo que permitirá que descubran el bien de la disciplina y puedan aspirar por sí mismos a su crecimiento. Para contribuir a la unidad competencial y evitar la fragmentación habitual del sistema, la prudencia debe plantearse como objetivo transversal.
Tercero, Annas subraya que la virtud implica un compromiso con el bien. Cuando se habla de virtud significa que quien dispone de ella quiere el bien y actúa conforme a él. El enfoque competencial menciona valores como justicia o sostenibilidad, pero de forma fragmentada, sin una visión integrada del desarrollo humano ni del bien común. Así, la idea de felicidad queda reducida a eficiencia o satisfacción individual. Esto tiene consecuencias en las políticas educativas: se margina la formación ética y estética, se relegan disciplinas como la filosofía, la literatura o la religión, y se asume que el carácter se formará “por añadidura”.
Por eso, nuestra propuesta a la comunidad educativa es triple: (1) considerar al docente como referente de vida buena; (2) construir un ethos compartido en la escuela que apunte a formar personas, no solo profesionales; y (3) educar para que cada alumno descubra sus talentos y los ponga al servicio del bien común.
Todo lo anterior se ha recogido en una infografía que ofrece a los docentes una síntesis visual y útil. En ella se resumen las claves del enfoque competencial actual, sus limitaciones, y las aportaciones que una lectura neoaristotélica puede ofrecer para orientar la acción educativa hacia el desarrollo del carácter y el florecimiento personal.
Alicia Encío y Marta Lozano-Martínez
Investigadoras predoctorales
INFOGRAFÍA. Los pilares del carácter. La brújula del modelo competencial