Un nuevo paradigma para el estudio de las emociones

25 de agosto de 2025

Existe una opinión extendida entre investigadores psicólogos según la cual los sentimiento o emociones son un constructo conceptual compuesto por una variedad de elementos diversos. Robison, aunque no comparte tal punto de vista, nos ofrece un elenco de tales elementos, a los que agrupa del siguiente modo:

(i) La valoración previa de la situación que provoca la emoción, (ii) las alteraciones somáticas, tanto observables, como las conductas y gestos típicos, como las no observables, como son los cambios neurológicos o endocrinos, (iii) una autorregulación o monitorización de la emoción que corre en paralelo a ella, (iv) la motivación que despierta la emoción para reaccionar de una manera más o menos estereotipada, (v) el sentimiento de placer o displacer, y (vi) el propio objeto que especifica la emoción.

Pero tras echar una ojeada a este conjunto heterogéneo de fenómenos, vemos que se tratan de factores asociados a la propia emoción, pero que ninguno de ellos es de naturaleza esencialmente emocional, salvo el sentimiento de placer o displacer. En efecto, no parece que llorar, huir, juzgar una determinada situación, o la activación del sistema simpático sean, propiamente, una emoción. 

La dificultad del tema radica en que la emoción es una perturbación del estado anímico que da cuenta o noticia del propio estado anímico. De esta forma, nos encontramos ante un fenómeno psíquico de naturaleza única que recaba para sí un paradigma propio para su estudio no sustraído de otras disciplinas. La emoción es una perturbación del estado anímico o, si se quiere, un estado anímico alterado. Sentir tristeza, miedo o ilusión, son distintas alteraciones del estado de ánimo que consisten en una redundancia del propio estado de ánimo que, de esta manera, se hace notar al sujeto, con la tonalidad que es propia de cada emoción o sentimiento y la intensidad que en cada caso corresponda.

Se trata, por tanto, de una actividad anímica que sólo da cuenta de sí. La alegría o la tristeza que se pueden sentir no informan sobre aquello que las causó, ni consisten en la reacción que puedan desencadenar, y que puede ser muy dispar.

Las emociones pueden ser despertadas por situaciones meramente imaginadas porque son esencialmente de naturaleza anímica o subjetiva, no datos constatables. De hecho, es posible sentir una emoción que no corresponde a la situación objetiva que afronta el sujeto, como se evidencia en los trastornos afectivos. Es decir, que la emoción es una perturbación anímica que se da ante situaciones en las que el sujeto se cree o se siente envuelto. La emoción no sigue a una valoración intelectual, sino que equivale a la propia apreciación sensible de la situación en la que el sujeto se imagina inmerso.

Para ilustrar este nuevo paradigma, podemos emplear un símil. Podemos considerar un mar en calma como un estado anímico subjetivo habitualmente sereno en el que apenas se repara. Ello no quiere decir que, en estos momentos de sosiego, no exista ningún estado anímico. Existe, pero pasa desapercibido, y el sujeto puede dedicar toda su energía psíquica a otros asuntos sin atender a él. El estado anímico y sus perturbaciones tienen carácter activo, de lo contrario no serían anímicos o subjetivos en absoluto. Decimos que sufrimos una pasión, no porque realmente nuestro ánimo pueda padecer un movimiento, sino porque la emoción puede ser de tal intensidad que obstaculice o imposibilite otras funciones, como pensar o deliberar. Pero la alteración que equivale a la emoción tiene siempre un carácter activo al carecer, el estado anímico y sus perturbaciones, de cualquier materialidad.

Pero imaginémonos a continuación que se acerca una tempestad y, con ella, el mar embravecido levanta olas más o menos encrespadas. El mar, es decir, el estado de ánimo ha sido perturbado, pero las perturbaciones no son otra cosa que estados de ánimo alterados, como las olas no son otra cosa que el propio mar en cuya superficie se han generado ondas, es decir, alteraciones de la superficie marina que se propagan.

La tempestad es la situación cambiante en la que el sujeto se considera envuelto, y la perturbación, con toda probabilidad, requiera de una rápida respuesta orgánica y conductual. Pero la perturbación que amenaza con hacer hundir la embarcación no es nada distinto del mar, de un mar que se revuelve y se vuelca sobre sí mismo debido a la fuerza del viento.

De igual manera, la emoción es un estado anímico alterado por redundancia, por refuerzo, y equivale a una apreciación o valoración sensible del estado subjetivo en el que el sujeto se cree envuelto.

Así, al disminuir el componente subjetivo, aminoraría la perturbación anímica en la que consiste la emoción, que sería sustituida por el juicio racional. A ello se refería el pensador Spinoza cuando afirmaba que, cuanto más expuesta quedaba la emoción a la consciencia, menos vehemente se tornaban.

 

 1 Robinson, J. (2020). Aesthetic Emotions. The Monist, 103, 205-222. http://doi.org/10.1093/monist/onz036

 2 Spinoza, B. (2011. Ética. Alianza Editorial.

 

Javier Pérez

Investigador Senior

javier.perez@unir.net