En busca de reconocer la excelencia de la labor educativa, en muchos lugares se organizan concursos para premiar al “maestro del año”. Cada certamen, en cada lugar, tiene sus propios criterios de evaluación de los nominados. Para algunos maestros se trata de un evento de gran importancia. Están quienes toman estas iniciativas con un toque de humor y cierta ironía. Hay a quienes les molestan. Y quizás una mayoría, a quienes le trae sin cuidado. Lo que sí nos importa a todos, con o sin ese reconocimiento, es ser para nuestros alumnos buenos maestros, los mejores posibles. Competentes, comprometidos con nuestra misión y con mentalidad de crecimiento tanto en lo técnico como, sobre todo, en la dimensión moral.
En estas líneas, deseo invitar a la reflexión sobre un aspecto de la tarea docente que considero fundamental: el sentido de vocación y el compromiso con el crecimiento moral personal.
Es muy sano que los maestros no olvidemos que la nobleza de la vocación y la tarea educativa radica tanto en el objeto de la misión, ayudar a los niños y jóvenes a crecer, como en la posición singular desde la que la realizamos: los maestros ayudamos a crecer “in loco parentis” (en y desde el lugar de los padres). Cuando reflexionamos sobre el fin de nuestra tarea y la posición desde la que la ejercitamos, nos hacemos más conscientes de la grandeza del desafío y la responsabilidad que hemos aceptado al abrazar esta profesión (Polo, 2006; Van Manen, 1991).
Este sentido de misión y compromiso nos lleva a buscar desarrollar, mediante la reflexión personal, la experiencia, el estudio y la guía del consejo, una sabiduría práctica (phronesis o prudencia, en términos aristotélicos) que nos capacita y habitúa a aplicar los principios generales a los casos particulares de una manera justa, en el momento oportuno y por las razones adecuadas (Peterson y Arthur, 2021). Esta sabiduría particular se hace aún más necesaria en el contexto educativo actual, en la que se espera que el maestro, especialmente el encargado de curso o tutor, desempeñe el papel de orientador o mentor (Navas, 2016).
El compromiso por ser buenos maestros para nuestros alumnos nos espolea a guiarnos por un sentido de justicia, que nos lleva a tratar a cada estudiante según sus capacidades, necesidades y circunstancias individuales. Por esa misma justicia y por una amistad pedagógica que la enriquece y supera, estamos dispuestos a exigirles y a exigirnos, siendo, al mismo tiempo, pacientes con ellos y con nosotros mismos.
El buen maestro que deseamos ser y deseamos para nuestros estudiantes, se caracteriza por su capacidad y disposición para el diálogo y el desarrollo de relaciones interpersonales. No se para frente a la clase como frente a un objeto al que debe dar forma (enseñar, educar, formar), sino que interactúa con sus alumnos, considerando a cada uno como sujeto de su propio desarrollo. El profundo conocimiento de sí mismo y el respeto con el que trata a los estudiantes son expresión de su humilde dignidad. Esta misma humildad se manifiesta, también, en su disposición para aprender con y de los demás, así como en su voluntad para reconocer sus errores y corregirlos. Un profesor humilde y fuerte perdona y está dispuesto a pedir perdón, tanto a sus colegas como sus alumnos, cuando sea necesario. Como es, además, capaz de reírse de sí mismo y mantener cierta visión de perspectiva, conserva un sano sentido del humor, que le ayuda a dar a los problemas su justa medida. Este sentido del humor no consiste en el hábito de hacer bromas, sino en la capacidad de convertir situaciones incómodas o negativas en momentos más llevaderos, tolerables y con valor pedagógico (van Manen, 1991). La humildad, la determinación y ese sano sentido del humor se reflejan a menudo en la sonrisa del maestro, que no expresa simplemente un estado subjetivo de alegría y bienestar, sino una actitud de vida más profunda, una forma de aceptar la realidad y recibir a las personas (Lázaro, 2007; Sockett, 2006).
Pienso que, si nos habituamos a reflexionar, al menos cada tanto, sobre la noble naturaleza de nuestra tarea, de nuestra vocación profesional, trabajaremos con un mayor sentido de gratitud. Y como varios psicólogos y pensadores han sabido remarcar, esa gratitud por la confianza y la oportunidad de la tarea encomendada tendrá un impacto decisivo en la manera que tengamos de mirar a nuestros colegas, a nuestros alumnos, a sus padres y a nosotros mismos también (Harvard Health, 2021).
Josemaría Camean Ariza
Referencias
Hansen, D. (1994). Teaching and The Sense of Vocation. Educational Theory, 44(3), p259-
Harvard Health. (2021, August 14). Giving thanks can make you happier.
https://www.health.harvard.edu/healthbeat/giving-thanks-can-make-you-happier
Lázaro, R. (2007). Un profesor experto en humanidad. Método y virtudes del educador.
Estudios sobre educación, 13, p133-154.
https://dadun.unav.edu/bitstream/10171/9081/1/Nc13.pdf
Navas, M. C. (2016). La formación del carácter en los futuros maestros como proceso
educativo orientado hacia la democratización educativa. En I. Carrillo (Ed.), Democracia y Educación en la formación docente, p227-231.
https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/5788772.pdf
Peterson, A., y Arthur, J. (2021). Ethics and the Good Teacher: Character in the Professional
Domain. Routledge.
Sockett, H. (2006). Character, Rules, and Relations. En H. Sockett, Teacher Dispositions:
Building a Teacher Education Framework of Moral Standards, p9-26. Washington, DC. AACTE.
Van Manen, M. (1991). The Tact of Teaching: The Meaning of Pedagogical Thoughtfulness.
State University of New York Press, Albany.