Juego y moralidad suelen concebirse como opuestos: el primero vinculado a lo frívolo, y la segunda, a la máxima seriedad. Sin embargo, una reflexión más profunda sobre la actitud lúdica revela su afinidad con el carácter moral auténtico. Frente a la obligatoriedad del deber, el espíritu del juego ofrece una actitud libre y comprometida, sin negar la exigencia moral. Este artículo propone extender esa actitud lúdica a las tareas escolares y a la vida cotidiana como vía para fomentar el carácter moral de los estudiantes. A partir del análisis de autores clave sobre el juego, se muestran sus vínculos con la conducta moral y se presentan cinco claves educativas que favorecen esta formación: la presencia activa del estudiante, el diálogo, la evaluación formativa, el refuerzo intrínseco y la deportividad como expresión ética.