Hago pájaros de barro y los echo a volar: Modelando la Educación del Carácter
Por si el tiempo me arrastra a playas desiertas
Hoy cierro yo el libro de las horas muertas
Hago pájaros de barro
Hago pájaros de barro y los echo a volar
Manolo García canta sobre el anhelo de la esperanza, el cumplimiento de los sueños más profundos, la búsqueda de la verdad, la trascendencia humana. Escuchando su canción Pájaros de barro, me parecía un buen símil comparar el dar forma al ser y el impulso de la libertad con el modelaje de la educación del carácter.
La educación moral se encuentra desplazada con respecto a otros asuntos en la actualidad. En un mundo volátil, donde la inmediatez, la inestabilidad global y las crisis socio-sanitarias juegan un papel principal, la autonomía y el juicio moral se encuentran alejadas entre las grandes preocupaciones de la posmodernidad. Por eso, es en las esferas educativas donde se puede producir el cambio, primando el desarrollo de virtudes de diversa índole que permitan alcanzar la plenitud humana, sin imponer valores morales, sino respetando la pluralidad y diversidad de visiones del mundo.
En este ínterin, la tarea formativa en los centros de educación recae en última instancia sobre los docentes, quienes han de combatir con el utilitarismo (bienestar subjetivo), relativismo o neutralismo (sin verdades absolutas), razonamiento moral kohlbergiano (frente a la conducta moral) y la individualidad actual (falta de colectividad) en aras de revalorizar la moral en su máximo esplendor, superando la idea de las simples subjetividades o el instrumentalismo vacío de buenas intenciones. Como aves que buscan trascender una meta vital, los estudiantes han de ser impulsados para vivir de manera auténtica, cuidando conjuntamente cada una de sus dimensiones: intelectual, afectiva, física, sensitiva.
Qué importante competencia es la de formar personas buenas y responsables que busquen el bien común, ¿cierto? Indudablemente este crecimiento personal comienza en el ámbito familiar; son los profesores y el resto de la comunidad educativa los que guían a los aprendices en los entornos académicos. Así, Kristjánsson (2019), uno de los autores más reconocidos hoy en día sobre la educación del carácter, asume que el profesorado se convierte en una figura fundamental para ayudar a tomar decisiones morales con buen juicio, integrando la percepción y comprensión de virtudes e iniciativa propia. El objetivo último, en fin, es procurar el florecimiento individual y colectivo, esto es, una vida virtuosa mantenida en el tiempo (VanderWeele, 2017).
Entonces, aparte de garantizar una formación docente altamente cualificada en esta función para nada banal, los docentes tienen que ser conscientes del rol que asumen como modeladores del carácter. Entender que su labor no se limita únicamente a la transmisión de saberes (el conocido ‘gappines problem’) o valores dominantes (corriente existencialista), sino que va más allá, en busca de que sus estudiantes aprendan a ser persona. Son modelos, ejemplos de cientos, incluso miles de niños, adolescentes o adultos que pasan curso tras curso por sus aulas, quienes toman como ejemplo a la figura de referencia que los acompaña en su proceso de aprendizaje y crecimiento. Si queremos que actúen como ciudadanos comprometidos y con buen corazón, primero lo tenemos que ser nosotros. Ya lo decía Esteve (1979), “En este mismo sentido yo señalaría la importancia del compromiso que la educación supone, implicando personalmente al educador en un esfuerzo por conseguir aquellos valores en los que intenta educar a otros”. Eso requiere realizar un gran y complejo ejercicio de introspección hasta llegar a poder responder a una de las preguntas universales por excelencia: ¿quién soy? Y, en consecuencia, ¿qué seamos virtuosos con el resto hace que estos lo sean un poco más?
Una vez que entendemos y abrazamos nuestro carácter, podemos exteriorizarlo con amor en aras de que otros también lo hagan. Una práctica efectiva puede ser lo que se conoce como modelaje explícito (Swennen y White, 2021). Consiste en explicar nuestro comportamiento y las razones de nuestras decisiones ante uno mismo y los estudiantes. De esta manera, la palabra, junto con las acciones del profesor, pueden ser claves en el desarrollo de la identidad de su estudiantado. Sírvase el ejemplo que un profesor es generoso (no sólo porque sabe cómo ser generoso, sino porque además pone en práctica hábitos de generosidad), tiene autoconocimiento sobre la posesión de esta disposición, moviliza y enseña el por qué se ha comportado de esa manera. Alejado de la finalidad de mostrar su superioridad moral ante los demás, este acto de moralidad puede ser un gesto replicable en sus estudiantes. De igual modo, los docentes bien podrían valerse de distintas virtudes a la generosidad, entendidas como excelencias del carácter equilibradas en términos aristotélicos, ya sea la templanza, la fortaleza o la prudencia (phronesis), entre otras.
Como últimas líneas, quisiera resaltar, en este cometido que es moldear pájaros a través de nuestro modelaje para que puedan volar, me cuestiono, ¿estamos preparados para tal misión? Quizás aún falta investigación para dar una respuesta. Nos encontramos aquí para averiguarlo.
Sandra Gómez-del-Pulgar Cinque
Investigadora Postdoctoral UCP
sandra.gomezdelpulgarcinque@unir.net
Referencias
Esteve, J. M. (1979). Los problemas de la educación moral en nuestra sociedad contemporánea. Revista Española de Pedagogía, 37(145), 113-121. https://www.jstor.org/stable/23764081
Kristjánsson, K. (2019). Flourishing as the aim of education: A neo-Aristotelian view. Routledge.
Swennen, A. y White, E. (2021). Being a Teacher Educator: Research Informed Methods for Improving Practice (pp. 126-143). Routledge.
VanderWeele, T. J. (2017). On the promotion of human flourishing. Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America, 114(31), 8148-8156. https://doi.org/10.1073/pnas.1702996114