Mientras el debate público sobre el futuro de la universidad se concentra en la innovación digital, la inteligencia artificial y la empleabilidad, quizá convendría detenernos un momento a mirar más allá de lo tecnológico, pero sin caer en la trampa de negar la realidad tecnologizada en la que vivimos.
La pregunta de fondo no es nueva: ¿cuál es la finalidad de la educación superior? A lo largo de la historia, la universidad ha sido más que una institución de enseñanza: ha sido un espacio de formación integral, una comunidad intelectual, una escuela de humanidad. Sin embargo, bajo la presión de la transformación digital y las lógicas de mercado, esta misión parece difuminarse.
En vez de tomar el camino de los tecno-optimistas, que, desde una visión progresista de raíz ilustrada, consideran que todo avance técnico conlleva necesariamente progreso humano, o el de quienes rechazan incluso aquellos avances que han contribuido positivamente a la vida humana, se debe enfocar el debate en algo más profundo. Lo que hay debajo de cada argumento en favor o en contra de la utilización de las nuevas tecnologías es una determinada visión del ser humano.
De hecho, paradójicamente, las nuevas tecnologías pueden ayudarnos a redescubrir lo que hace verdaderamente humana a la universidad. Lo que importa es la mirada. ¿Cuáles son los pilares sobre los que se construyen los argumentos? La digitalización podría convertirse en aliada para recuperar el carácter como eje de la identidad formativa y organizativa de la universidad. Y las herramientas digitales están ahí para ayudar ese proceso si se sabe qué se quiere lograr, y no al revés: esperar que la tecnología en sí nos dé las respuestas a nuestros retos profundamente humanos, en este caso, acerca de la educación.
2030: competencias emergentes y desafíos estructurales
Según el Future of Jobs Report (World Economic Forum, 2023), las habilidades más demandadas para 2030 incluirán la resiliencia, el liderazgo, la creatividad, el pensamiento analítico, la alfabetización digital y la curiosidad. A primera vista, parece que el futuro pertenece a las competencias transversales y flexibles; sin embargo, el lenguaje técnico con el que se presentan enmascara a menudo una necesidad más profunda: la formación o educación del carácter.
Uno de los grandes pensadores de Occidente que ha impactado la identidad universitaria, John Henry Newman (2008), advertía que la educación no puede limitarse a formar habilidades técnicas sin cultivar el juicio y la virtud. Para él, la universidad es una institución moral antes que técnica, cuyo objetivo es educar o formar el intelecto y el carácter del estudiante. Del mismo modo, Ortega y Gasset (2001) hablaba del peligro de una universidad tecnificada que forme únicamente especialistas, sin ofrecer una visión cultural, ética y filosófica del mundo. Esta perspectiva resuena con la visión actual de organismos como la OCDE (2019), que insisten en que el desarrollo integral de la persona debe ocupar un lugar central en la universidad del siglo XXI.
En este sentido, el ideal humanista de la universidad sigue siendo vigente, y es más necesario que nunca en el contexto de la transformación digital.
El carácter como brújula institucional
Por lo tanto, la educación del carácter no puede ser un añadido optativo. Debe convertirse en un eje transversal que guíe tanto la experiencia estudiantil como la cultura institucional. Character Education in Universities: A Framework for Flourishing (desarrolado por el Jubilee Centre for Character and Virtues y el Oxford Character Project) sostiene que las universidades deben integrar las virtudes personales, cívicas, intelectuales y profesionales en sus programas, espacios y estructuras.
Esto implica formar no solo para el hacer, sino para el ser. No basta con enseñar a programar o debatir: es necesario formar a personas capaces de deliberar con criterio moral, ejercer la prudencia en contextos ambiguos y liderar con justicia y responsabilidad.
Pero esta transformación no se juega solo en el aula.
El carácter no es solo una cuestión individual: las universidades necesitan un “gobierno virtuoso”. Esto implica revisar el liderazgo institucional, las estructuras de decisión, la gestión de conflictos, la relación con los estudiantes y la coherencia entre misión y práctica.
Una universidad verdaderamente formativa debe preguntarse:
- ¿Qué tipo de liderazgo promovemos?
- ¿Qué cultura organizativa transmitimos?
- Y en el contexto de este artículo: ¿Cómo integramos la tecnología en armonía con nuestra visión y misión como universidad?
Estas preguntas, más allá del marco ético, tienen impacto en la sostenibilidad, la reputación y la innovación real. Un gobierno institucional basado en la virtud no es ingenuo, sino profundamente estratégico. Lejos de representar un obstáculo, la tecnología puede ser integrada desde una mirada ética. La cuestión no es si usar tecnología, sino cómo y para qué.
Las universidades pueden liderar esta integración si son capaces de situar la técnica al servicio del florecimiento humano. Para ello, necesitan una visión clara del ser humano: no solo como un futuro trabajador con habilidades del siglo XXI o consumidor de contenidos, sino como agente moral en busca de sentido.
Hacia un modelo universitario centrado en el carácter
En lugar de adoptar únicamente modelos innovadores basados en tecnología y eficiencia, las universidades pueden optar por redescubrir su misión originaria y reinterpretarla a la luz de los retos contemporáneos. Inspiradas por la ética de la virtud, estas instituciones pueden definir marcos teóricos que conecten el carácter con su propósito institucional, desarrollar indicadores aplicables a su cultura organizativa y gobierno, y orientar su estrategia hacia la integración formativa de los entornos digitales.
Ahora bien, esto no significa oponerse a la tecnología, sino integrarla críticamente en una visión formativa. Herramientas como la inteligencia artificial, el análisis de datos o las redes globales de conocimiento pueden enriquecer la investigación y facilitar el aprendizaje. Pero su verdadero valor depende del marco en que se utilizan. La universidad está llamada a ofrecer esa brújula moral: ayudar a los estudiantes no solo a usar tecnologías, sino a discernir éticamente su propósito, sus límites y su impacto en la vida humana.
La universidad del siglo XXI no será verdaderamente innovadora por adoptar más plataformas digitales, sino por recuperar la pregunta por el sentido de lo que hace. Y eso pasa, irremediablemente, por el carácter.
Péter Heltai
peter.heltai@gmail.com
Referencias:
Character education in universities: A framework for flourishing (2020). Oxford Character Project & Jubilee Centre for Character and Virtues. https://oxfordcharacter.org/uploads/files/Character-Education-in-Universities.pdf
Newman, J. H. (1996). La idea de una universidad. Yale University Press.
OCDE. (2019). Future of education and skills 2030: OECD learning compass 2030. Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos. https://www.oecd.org/education/2030-project/
Ortega y Gasset, J. (2015). Misión de la universidad. Cátedra.
World Economic Forum. (2023). Future of jobs report 2023. https://www.weforum.org/publications/the-future-of-jobs-report-2023/