Tempestad de innovación, deriva de sentido: la formación inicial docente en debate.

12 de enero de 2026

En pleno debate para reformar los planes de estudio de las carreras de educación es especialmente relevante volver a plantearse: ¿qué significa educar?, ¿de qué necesitan disponer los futuros docentes para enfrentarse al reto educativo actual?, ¿cuál es la responsabilidad que las Facultades de Educación tienen sobre los docentes en formación? Soy consciente de que los educadores difícilmente pueden parar el curso de su profesión para adentrarse en el mundo del pensamiento. Por eso, creo que es más urgente reconsiderar la formación inicial como el lugar que pueda nutrir las cabezas de los futuros maestros de modo que, al llegar a la práctica, esas preguntas se puedan ir progresivamente actualizando y nutriendo con el propio ejercicio de la profesión.

El ensayo que recientemente ha publicado Bianca Thoilliez, Conservar la educación, es una aportación que se ha atrevido a describir la deriva educativa actual, a evaluarla desde una mirada crítica, y a proponer nuevas vías que, para ella, se corresponden en mayor medida con el significado intrínseco de educar. Aprovecho para agradecerle su trabajo, pues resulta especialmente sugerente para aquellos que aspiramos a formar profesionales de la educación.

El diagnóstico que Thoilliez hace del sistema educativo contiene muchas de las características que Charles Taylor presenta en 1994 al describir la sociedad moderna en Ética de la autenticidad: un contexto dominado por la lógica de la eficiencia y el éxito; que rechaza el pasado y promueve la innovación por la innovación; que diviniza la diversidad, la igualdad y el yo como valores supremos, y donde la autoridad docente está anulada por el sistema. Para Thoilliez, recuperar la esencia de la educación pasa por “devolver la enseñanza al centro de la educación” (p. 24), donde el profesor “asuma su responsabilidad moral para enseñar a sus alumnos a ser libres en sentido adulto, es decir, a habitar el mundo sin quedar absorbido por él” (pp. 25-26). En lo que sigue, presentaré algunas de las ideas que propone, pues pueden tener interés a la hora de definir la escala de prioridades en los planes formativos.

Somos herederos de un legado. Thoilliez identifica la enseñanza como una práctica artesanal y como tal, supone una actividad con historia, esto es, un microcosmos con su propia identidad, tradición y cultura en la que los docentes se insertan al iniciar su profesión. Precisamente, parte de la responsabilidad educativa para contribuir al presente y futuro consiste en conocer y transmitir lo heredado. La deriva actual apunta a la innovación y al cambio metodológico constante como la vía para preparar a los estudiantes para los retos del futuro, y a la pseudo-construcción del conocimiento como formas que promueven el pensamiento creativo y autónomo de los estudiantes. Para ella, en cambio, el énfasis no debería estar en el saber hacer dominante sino en el saber qué y el saber por qué. Solo así la escuela puede aspirar a ser algo más que un mero sobrevivir, puede asegurar que se conservan las cosas que merecen ser conservadas, manteniendo la esperanza de que aquel que las reciba pueda “hacer algo nuevo con ellas” (p. 58). Por eso, creo que urge más que nunca llenar de contenido lo que se ha vaciado. Si se rechaza lo heredado, ¿cómo podremos avanzar a partir de la ignorancia?

Por eso, en la medida en que queramos formar maestros que contribuyan a este legado, habrá que favorecer que desde su formación inicial valoren el conocimiento, aprendan a mirar y que progresivamente vayan forjando su propio criterio. Recuerdo como estudiante que la asignatura que mayor trascendencia tuvo fue una clase que consistía en escribir ensayos sobre temáticas de relevancia común como la amistad, la familia o el perdón, para luego compartir con la clase una selección de ellos. Leer. Hacer pensar. Poner en palabras la propia opinión. Escuchar las argumentaciones de otros estudiantes. Plantear preguntas. Creo que este profesor quería despertar las conciencias de sus estudiantes y movilizarles para que ellos mismos aspiraran a forjar su criterio y hablar por sí mismos.

La importancia de lo común. Gran parte del trabajo de Thoilliez lleva a cuestionar la deriva que ha optado por olvidar lo que nos une como sociedad. En una sociedad donde la diversidad y la felicidad se proponen como los “imperativos pop en la vida moral” (p. 75), no hay posibilidad para que los bienes escolares se conserven. No se trata de erradicar estos valores para optar por una mirada radicalmente opuesta. Sin embargo, malentender el orden de las prioridades ha generado manifestaciones como estas: el predominio de la autonomía del educando que acalla al docente, la educación emocional que sustituye al conocimiento, la exaltación de la diversidad y el reconocimiento de la singularidad individual que aumenta las diferencias, la competitividad, el egoísmo y la fragmentación. La buena noticia es que estamos en un camino en constante movimiento, siempre abierto a mejora, por eso merece nuestra atención responsable y sincera.

Para ello, habría que valorar más fuertemente que la enseñanza se aprende al “observar a otros enseñar, reflexionar colectivamente sobre lo que sucede en el aula, ensayar respuestas a situaciones imprevisibles” (p. 35). De ahí que el camino para avanzar pase porque las Facultades de Educación tengan una conexión mucho más estrecha con las comunidades docentes para que “el saber profesional se construya, se discuta y se renueve desde la práctica” (p. 35). Si desde los inicios se valora el intercambio como riqueza, la colaboración como necesidad y el establecimiento de horizontes comunes como el camino a recorrer juntos, estoy segura de que la trayectoria profesional será más enriquecedora y alentadora tanto para aquellos que la practican, como para aquellos que se benefician de ella.

Apostar por formar docentes con “lucidez pedagógica y compromiso ético” (p. 71). Esta es nuestra tarea.

 

Alicia Encío

Investigadora Predoctoral

alicia.encio@unir.net

Referencias bibliográficas

Taylor, C. (2012). Ética de la autenticidad. Paidós.

Thoilliez, B. (2025). Conservar la educación. Encuentro.