Educar el carácter en tiempos de expansión del discurso de odio

2 de marzo de 2026

En los últimos años, el discurso de odio ha cobrado un papel cada vez más protagonista en nuestra vida pública y digital: traspasa las redes sociales, los foros políticos, los medios de comunicación e incluso los espacios educativos. La facilidad con la que se difunden mensajes que discriminan al otro revela algo más profundo que un problema de comunicación: pone en evidencia una crisis de virtudes, una erosión de la empatía y del respeto sobre los que se sostiene la convivencia democrática en nuestras sociedades.
La permeabilidad de este discurso en los entornos educativos se traduce en comportamientos que van mucho más allá del simple conflicto entre iguales. Las noticias recientes sobre casos graves de bullying nos recuerdan que las palabras no son inocuas: el desprecio, la humillación o el aislamiento verbal pueden tener consecuencias devastadoras para quienes los sufren. Cada acto de acoso escolar es, en el fondo, una manifestación de ese mismo fenómeno social que vemos amplificado en el espacio digital: la normalización de la violencia simbólica y la pérdida del reconocimiento de la dignidad del otro.
Y es que el discurso de odio no siempre se expresa con gritos o insultos explícitos. A menudo adopta formas sutiles: comentarios irónicos, etiquetas despectivas, exclusiones silenciosas o gestos de burla repetidos. Su peligro radica precisamente en esa capacidad para pasar desapercibido mientras va minando el tejido moral de la comunidad. Cuando la exposición a este tipo de mensajes se repite sin freno, las personas se desensibilizan y su capacidad de sentir con y por el otro se debilita. Así, se genera un efecto de “bola de nieve”: cada vez se necesita un lenguaje más extremo para provocar la misma reacción, y con ello se intensifica el ciclo del odio.
La educación no puede ni debe ser neutral ante este fenómeno. Su misión es formar personas íntegras, capaces de pensar críticamente y de actuar con justicia, respeto y compasión. En este sentido, la educación del carácter ofrece una perspectiva especialmente necesaria. Frente a los enfoques que se limitan a transmitir normas de convivencia o protocolos de sanción (necesarios, aunque no suficientes), la educación del carácter se centra en cultivar virtudes estables que actúan como prevención, protección y reparación en estas circunstancias, como por ejemplo templanza para regular las emociones, empatía para comprender el sufrimiento ajeno, valentía moral para intervenir cuando otros callan y justicia para orientar las decisiones hacia el bien común.
Así, educar el carácter no tiene que ver con adoctrinar ni con imponer una moral única, sino con ayudar a cada estudiante a construir un sentido moral propio, capaz de orientar su libertad hacia el respeto, el diálogo y la cooperación en sociedad. En este proceso, la escuela tiene un papel insustituible como espacio de experiencia moral: un lugar donde aprender no solo contenidos, sino también cómo convivir con quienes piensan distinto, cómo resolver los conflictos sin recurrir al daño y cómo expresarse sin anular o empequeñecer al otro.
Educar el carácter exige tiempo, apoyo institucional y una pedagogía que sitúe a los docentes como mucho más que transmisores de conocimiento: como modelos de virtudes transformadas en acciones concretas. De este modo, las aulas se convierten en laboratorios de ciudadanía donde los estudiantes pueden practicar las virtudes: escucharse, cooperar, disculparse, defender a otros, reconocer sus errores. Cada uno de estos gestos tiene un poder reparador y preventivo ante la violencia.
Frente a quienes afirman que la educación en virtudes y valores es un tema menor o secundario, conviene recordar que la supervivencia de las democracias depende, en última instancia, de las disposiciones morales de sus ciudadanos. Por ello, algunos miembros del UCP desarrollan actualmente investigaciones en torno a esta temática en el marco del proyecto I+D+i “La universidad contemporánea ante el debilitamiento de la democracia: discursos de odio y polarización política” (Ref. PID2023-148766NA-I00), en el que se profundiza en cómo las instituciones educativas —y, en particular, las de educación superior— pueden verse afectadas por el avance del discurso de odio y la polarización. En este contexto, la educación del carácter no es un complemento, sino una necesidad urgente y profundamente humana.

Paloma Redondo Corcobado

Investigadora Postdoctoral

paloma.redondo@unir.net