Educación del carácter: ¿Una respuesta a la crisis de convivencia escolar?

6 de agosto de 2026

“Estudiante de 2° básico es apuñalada por otra alumna de 13 años al interior de colegio en La Granja.” “Lo que se sabe de la brutal riña escolar que terminó con una inspectora muerta en colegio de Calama.” No parecen titulares de una serie distópica: son parte de la crónica de nuestros colegios. Tan grave como que sucedan estos hechos, es que cada vez nos sorprenden menos. ¿Nos estaremos acostumbrando a lo inaceptable?

Los números son una señal de alerta: en el año 2025, el 75,3% de las denuncias que recibe la Superintendencia de Educación en Chile son por convivencia escolar. Detengámonos ahí un segundo. ¿Cómo es que, siendo el ser humano social por naturaleza y difícilmente capaz de desarrollarse fuera de una comunidad, pareciera estar perdiendo la capacidad de convivir? Es una pregunta que como sociedad tendemos a postergar.

Lo que vemos en Chile y en buena parte de América Latina no parece un accidente aislado, sino, en gran medida, una consecuencia. Es difícil exigirles virtud a nuestros estudiantes cuando con frecuencia les mostramos un mundo donde el que grita más fuerte suele ganar, donde la corrupción a veces se premia y donde salirse con la suya se asocia demasiadas veces al éxito. Los adultos hemos contribuido a construir ese escenario, y los estudiantes, en buena medida, lo están reflejando.

Ahí puede estar parte de la raíz del problema: cuando el virtuoso deja de ser, a ojos de muchos, el que logra salir adelante de manera honesta, y empieza a percibirse como tal el que se salta las reglas sin consecuencias, surge una pregunta incómoda: ¿para qué seguir enseñando virtudes, si en ciertos contextos el sistema parece premiar lo contrario?

Antes, ser virtuoso no garantizaba tenerlo todo, pero sí ofrecía algo valioso: la posibilidad de sostenerse con la conciencia tranquila, dentro de una comunidad que reconocía y valoraba esa rectitud. Esa base se ha ido erosionando, y no solo por sí sola: también porque quienes debían sostenerla han ido, en distintos grados, dejando de hacerlo.

Hace apenas algunas décadas, la educación del carácter no recaía únicamente en la escuela: la familia y las comunidades religiosas eran agentes formadores centrales, que enseñaban con el ejemplo antes que cualquier aula. Hoy, muchas de esas instituciones se han debilitado, perdido representatividad o se han alejado, al menos en parte, de esa tarea. Y cuando esa responsabilidad queda parcialmente vacante, quien suele terminar cargando con buena parte de las consecuencias es, una vez más, el profesor. Por eso esta no debería ser una batalla exclusiva de los colegios: es también una deuda pendiente de otras instituciones —familia, comunidad y Estado—, que primero deberían actuar con el ejemplo y luego acompañar en promover y enseñar el carácter de manera explícita y deliberada.

Aquí es donde la educación del carácter, que no reemplaza los protocolos, la formación docente, la salud mental, entre otros factores, puede convertirse en una herramienta valiosa para ayudar a cimentar nuevamente esas bases. El carácter puede entenderse como la facultad de actuar de forma libre, racional y ética: la capacidad de obrar con eficacia e integridad, con las virtudes como núcleo. Las virtudes, entendidas como hábitos positivos, son las que le permiten a una persona elegir el bien de manera más autónoma, coordinando mente, voluntad y emociones. No es solo un concepto abstracto de manual: puede ser una herramienta concreta y beneficiosa para las nuevas generaciones frente a sus desafíos de convivencia.

Por eso vale la pena que nuestras instituciones educativas sigan preguntándose si medir la calidad de la educación únicamente a través del puntaje SIMCE es suficiente. Un estudiante puede obtener excelentes resultados académicos y, al mismo tiempo, no saber resolver un conflicto sin violencia, no saber respetar al otro, no saber sostener una convivencia sana. Eso difícilmente puede considerarse un logro educativo completo: es más bien una deuda que corremos el riesgo de dejar crecer.

Tenemos, entonces, una tarea pendiente: seguir enseñando a nuestros alumnos y alumnas a vivir en sociedad, algo que, seamos honestos, a los adultos también nos ha costado sostener. La educación del carácter no es solo un complemento curricular ni una moda pedagógica: puede ser una condición importante para que la convivencia escolar, y la sociedad que estamos formando, tenga una posibilidad real de sanar. Quizás la pregunta ya no sea tanto si debemos hacerlo, sino cuánto más estamos dispuestos a esperar para empezar.

María Fernanda Freitte

Coordinadora Local de proyecto POTENCIA

mariafernanda.freitte@unir.net

 

Referencia

Superintendencia de Educación. (2026, 10 de febrero). Convivencia escolar concentró más del 75 % de las denuncias ciudadanas en 2025. https://www.supereduc.cl/prensa/convivencia-escolar-concentro-mas-del-75-de-las-denuncias-ciudadanas-en-2025/